Categoría: Conflicto Armado
Fecha: Martes 29 de Marzo de 2016
Marcela Ospina disfrutaba de la vida del campo en Samaná un municipio del departamento de Caldas, en el centro de Colombia, a 225 kilómetros de Bogotá. El calor de las montañas, el olor a fruta, a café, y el contacto con la naturaleza eran la banda sonora que acompaña a esta joven de 17 años mientras caminaba diariamente de su casa a la escuela de la región. Vivía la típica vida de una adolescente: ayudaba en casa, estudiaba y había conseguido un trabajo para apoyar el hogar.
Fotografía 1: marcela ospina fue violada a los 17 años por un grupo de guerrilleros. no ha logrado olvidar aquel infierno, el mismo que el ayuntamiento de colau auspicia con recursos
Sin saberlo, su vida empezó a cambiar con la llegada de personas armadas al pueblo. Bajaban de las montañas, tenían uniformes de camuflaje y portaban armas artesanales. Primero fueron unos pocos, pero luego llegaron con frecuencia y en mayor cantidad. Se hacían llamar las FARC: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. La gente del pueblo empezó a comentar. “Cuando las personas llegan a la vereda uno sabe quiénes son, porque en los pueblos pequeños uno conoce a todo el mundo”, explica Marcela a Actuall. Nadie conocía a estos forasteros que, desde la distancia, empezaban a intimidar. “¡La guerrilla se metió!”, fue la sentencia que dio su padre, que venía de la capital (Bogotá) cuando vio la situación. Pero la gente no comprendía esto qué significaba y siguieron con su vida normal. Marcela no fue la excepción y recorría todos los días el camino que la llevaba de su casa a la escuela. Pero una tarde, se encontró con algo diferente. Un grupo de esos camuflados tenían a varias personas echadas en el suelo y las amenazaban con sus armas. La gente la miraba con intensidad: trataban de decirle con sus ojos lo que no podían con sus palabras. Marcela entendió que debía seguir la marcha y estuvo a punto de lograrlo, cuando un guerrillero la detuvo. La arrojó al suelo y le preguntó de dónde era, pues su acento no era tan marcado como el de los habitantes de la región. – “Soy de Bogotá”, dijo Marcela. – “Va tocar hacer con ella lo que queramos porque no es de aquí”, respondió el guerrillero con sorna mientras miraba a sus compañeros. Entre burlas, los guerrilleros empezaron a manosear a Marcela, mientras un niño de 12 años le apuntaba con su fusil Y entre burlas, este grupo de delincuentes empezó a manosearla mientras un niño de unos 12 años de edad le empuñaba un fusil contra su cabeza y le repetía: “Yo la voy a matar a usted”. – “Yo no voy a rogarles por mi vida porque si les ruego que no me disparen, lo van a hacer más rápido”, pensaba Marcela, mientras los hombres armados abusaban de su cuerpo. Los comandantes se reunieron para definir qué hacer, mientras ella, postrada, creía que había llegado al fin de sus días. – “Hagan con ella lo que quieran”, fue el dictamen del comandante. – “Que me maten, pero que no me vayan a violar”, clamaba Marcela para sus adentros. Sin embargo, la violaron. Abusaron de su miedo y le arrebataron su niñez, su inocencia. Y cuando se saciaron, se dispusieron a darle el tiro final. Pero antes de que la bala rompiera el silencio, el grito de un desconocido la salvó: “¡No maten a la muchacha que yo a ella la conozco!”. Sin esperarlo, llegaron al pueblo, como habían llegado a su vereda. Hombres uniformados que no eran parte del Ejército Nacional. Eran los mismos guerrilleros que habían abusado ella Con las pocas fuerzas que le quedaban, Marcela recogió sus cosas y se marchó de la vereda al casco urbano, donde esperaba escapar del dolor y del miedo. Pero la guerrilla no iba a dejarla en paz. Sin esperarlo, llegaron al pueblo, como habían llegado a su vereda. Hombres uniformados que no eran parte del Ejército Nacional. Eran los mismos guerrilleros que habían abusado ella. Las FARC. En su un afán por camuflarse, ella y sus compañeros se acostaron debajo de un colchón. El miedo se apoderó de Marcela como nunca antes: la paralizó, se sentía cercana a la muerte. Ese día, la guerrilla voló la estación de la Policía Nacional a media noche. Al día siguiente, bajó al pueblo ‘Karina’, una comandante que se desmovilizó durante el Gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez. Requisó el pueblo y dio órdenes. Su voz será un eterno recuerdo en la mente de Marcela, que aguantaba inmóvil bajo el colchón mientras la oía. Las FARC, no contentas con el terror ya impartido, quemaron los autobuses y bloquearon las salidas del pueblo para que nadie se escapara de la masacre. Ese día, detonaron el edificio de la Caja Agraria. Querían que quedara claro quién mandaba. Desde debajo del colchón, Marcela escuchó cómo una mamá gritaba que habían matado a su hijo con un machete. Su voz se sumaba a la de muchos otros, que gritaban y lloraban. Estaba aturdida y asustada, por lo que decidió no ir a la plaza en la se encontraban los muertos. Marcela señala a Actuall que “el clamor de las madres que lloraban por sus hijos, asesinados o reclutados como soldados para formar parte de la milicia, aún retumba en su mente y en su corazón”. Las FARC aprovecharon la geografía de la región como bastión de combate. Desde las montañas dictaminaron a quiénes asesinan, a cuántos niños reclutar y cuántas personas desaparecer A partir de ese día, las FARC aprovecharon la geografía de la región como bastión de combate. Desde las montañas dictaminaron a quiénes asesinan, a cuántos niños reclutar y cuántas personas desaparecerían. Las acciones terroristas generaron desplazamientos forzados masivos, y ellos se apoderaron de las tierras. No en vano, Samaná es hoy el municipio que tiene más minas antipersonales y más fosas comunes de víctimas de las FARC en el departamento de Caldas. El miedo sigue años después en los pobladores, que rehusaron a volver a sus tierras cuando el Gobierno se las restituyó. “Nadie se siente capaz de hacer su vida en el lugar de una masacre”, explica Marcela. Y aunque en la actualidad ha rehecho su vida y trabaja por otras víctimas de las FARC en su afán por ayudarlas a recuperar sus vidas y sus tierras, asegura que nunca logrará olvidar. “Nos devuelven las tierras, pero, ¿la dignidad quién los la devuelve? ¿Quién nos quita el dolor de ver cómo asesinaron a nuestra gente? Eso jamás se olvida…”, concluye.
Fotografía 2: un grupo de miembros de las farc / flickr
Fuente: Actual. [1482]
Autor: María Isabel Magaña
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Editado Por: Cristian Giovanny Toro Sánchez.
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