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EL CONEJO Y LA TASAJERA
Categoría: Tío Conejo y otros animales.
Fecha: martes 01 de enero del 1963
Autor: AGUSTÍN JARAMILLO LONDOÑO
Fuente: Cuentos del tío conejo - Folclor[2]
Acomódesen bien mis hijitos y tesen callaos, yo les cuento un cuentecito del tío Conejo, pa que vean qu’es mejor ser bueno que ser grande y que sirve más la cabeza que la fuerza.
Una ocasión el Conejo invitó al Gallo, al Gato y al Ovejo a que se fueran los cuatro a recorrer. Todos se animaron mucho con el plan, menos el Ovejo que no mostró como mucha gana.

–¿Por qué no querés venir vos, hombre? –le preguntó el Conejo.
–Es que yo creo que conmigo ustedes van a pasar muchos trabajos...
–Ello no, hombre: vos siempre sos un poquito mioncito, pero nu es más...
Así fue que al fin arreglaron los cuatro y salieron a recorrer. Pegaron monte aentro, por un monte muy espeso. El Ovejo comía yerbitas, que encontraba por ai; el Gato cazaba de pronto animalitos y con eso se mantenía; y el Gallo tragaba grillitos y chicharras. Pero el pobre Conejo nu encontraba yerbitas de las que a él le gustaban, ni topaba por ai (¡ónde, por Dios!) yucalitos ni rozas.
Ya habían andan mucho, mucho, cuando, de pronto, vieron un medio rancho con una tasajera de carne de guagua y de venao y un fogoncito junto a l’entrada.
–¡Aquí sí vamos a comer bueno! –dijo el tío Conejo–. Aguarde y verá.
Y si asomó al tambo a ver quién había, pero lu encontró vacío.
Como venían con hambre prendieron el fogón, li arrimaron bastante chamiza seca, leña y se pusieron a asar carne.
Después de que comieron hasta que quedaron como petacas, se pusieron a charlar un rato junto a la candela. Ya estaba muy tarde y comenzó a oscurecer. Y, comu estaban tan cansaos, resolvieron ise a dormir.
Se acomodaron así: el Gallo arriba, en el caballete; el Ovejo encaramao en el zarzo, que casi no lo suben entre todos por la escalera, qu’era un palo con muescas; el Conejo en un rincón y el Gato junto a l’entrada.
Y se durmieron.
Cuando, al ratico, dispertó el Conejo y sintió un ruidito como raro. Ai mismo paró las orejas y fue saliendo con mañita a’somase a ver qué sería...
Cuando vio que llegaban los dueños de la carne, que eran el Tigre, el León y la Zorra.
Y... ligerito... ¡pa entro!
Pero siempre alcanzaron a velo de lejitos los animales y se vinieron a ver qu’era lo que había pasao. Y así que llegaron y vieron que se les habían comido la carne que tenían guardada, ¡se enfurecieron de qué manera! Y ya iban a trepar palo arriba p’acabar hasta con el nido de la perra, cuando el Conejo, que se había puesto a convencer al Ovejo, pa que bajara a orinar antes de dormirse, lo arrimó hast’el bord’el zarzo y le dijo:
–Baje tranquilo, que yo lo sostengo pa que no va’y se caiga. Y apenas fue a bajar, el Conejo le dio un empujón y gritó: –¡A ellos, compañero!
Y allá lu aventó sobre el León, en el oscuro. ¡Y, guape! Le cayó en toda la cabeza.
El León pegó qué berrido y salió a toda la carrera con sus compañeros. El Gallo, muy asustao, hacía el escándalo allá, en el caballete.
* * *
Después de que pasó el susto, se fueron el Tigre, el León y la Zorra y se sentaron en una barranquita, a comentar:
–¿No vieron ese Conejo que me cayó encima? –decía el León–. ¡Qué Conejo más grande!
–¡Jombre! ¡Yo no conocía conejos tan grandes...! –decía el Tigre.
–¡Es qu’ese era mucho macho! ¿Y cuántos habrá d’esos en el tambo?
–¡Quién sabe! –dijo el León–. Lo único que les digo es que el que me cayó en la cabeza casicito me mata.
–Bueno, muchachos –opinó la Zorra–, a mí el que más ira me dio fue el chiquito qu’estaba encaramao allá arriba.
–¿Ese? ¡Jm! Ése es el que nos tiene más bravos: gritando izque: “¡escascarálos!, ¡escascarálos!”.
–Valiente atrevido, ¿no?
–Bueno: pero ¿qué vamos a hacer?
–Ya, esperemos hasta qui amanezca pa ir a ispecionar sobre el terreno.
–Bueno...
Al día siguiente, muy temprano, el Tigre y el León resolvieron mandar a la Zorra qu’es como más cucuriaca y más frágil de cuerpo, a que fuera a ver quiénes estaban en el tambo y qu’estaban haciendo.
Llegó la Zorra, paso entre paso por los matorrales y echando ojo p’allí y p’acá, a ver qué podía devisar.
Metida por allá entre un tunero y temblando como si’stuviera enguayabada, alcanzó a ver al Conejo timo bocarriba, calentándose al oju’el sol y puliéndole la punta a un palo qui había cortao pa bordón. Al Gallo lo vio lavándose la cara con la pata; al Ovejo, acurrucan junto al fogón, y al Gato escarbando pa tapar con tierra lo qui acababa di hacer...
La Zorra salió pasitico y apenas se medio alejó partió carrera a contales a sus compañeros todo lo qui había visto y les dijo:
–Miren, muchachos: lo mejor que podemos hacer es seguir pa’delante por el monte y no volver a asomar las narices por ese tambo... –¿Pero, qué? ¿Qué fue lo que vio tía Zorra? Cuente a ver...
–Pongan cuidao, pues: son tres compañeros. El uno estaba sentao, limpiando una escopeta como de cinco varas de largor y secando junto al fogón un atao de pólvora; el otro, el más chiquito, hacía la cruz con los dedos y la besaba, jurando que nos mataba a todos así que nos viera; y, qué tan bravo sería qu’el otro compañero ya’staba agarran haciendo el hoyo pa enterranos...

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LAS OREJAS DEL CONEJO || Indice || EL CONEJO Y LA NOVILLONA
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